A veces las preguntas no tienen respuestas. En ocasiones todo se nubla aunque el sol bañe las calles de la ciudad. A menudo nos sentimos solos en medio de las concentraciones humanas. El rosa no es siempre rosa. Constantemente sentimos que, aunque hablemos el mismo idioma, los demás no nos comprenden. En todo momento pensamos que falta un poco de todo en cada uno de los aspectos de esta vida. Insistentemente el miedo nos atenaza y parece ejercer de eterno cortapisas en nuestro empeño por mostrar nuestra verdadera personalidad. El aburrimiento nos acecha y nos convierte en seres imprecisos y vulnerables. El estrés nos tiraniza y nos convierte en seres vulnerables e imprecisos. La felicidad es un proceso químico. La tristeza es, además, empírica. Cuando somos niños queremos ser mayores, luego no nos pronunciamos, pero seguimos comportándonos como tal hasta que finalmente desearíamos ser, una vez más, niños de nuevo. La duda mueve al mundo. El desconocimiento impera sobre la cultura. El respeto pierde enteros ante el descaro. Siempre nos cansamos de todo. Solemos querer lo que no tenemos. La constancia y la diligencia ceden siempre ante el desasosiego y la desesperanza. Los refranes mienten. Las frases hechas también presentan desajustes. El tamaño sí importa. Los recesos son múltiples y a menudo duran demasiado. El futuro es incierto, al igual que el pasado. La amistad no existe. Ni la lealtad. Ni la fidelidad. Todo tiene un final (y nunca es feliz).
Aun así, el sol siempre aparecerá en los dibujos de los niños con una sonrisa de oreja a oreja.
