De Pradolongo A Pontiac


A veces la ignorancia natural nos impide salir del barrio o del pueblo, pero cuando el intelecto lo permite, el afán de aventura existe o en menor medida el impulso de encontrar una mejor calidad de vida se presenta, surge la necesidad de cambiar de aires permanentemente. Superada la primera criba, entra en liza el factor crematístico, más severo y restrictivo incluso que el anterior, pero no necesariamente inalcanzable a no ser que tengamos menos dinero que uno que se esté pegando un buen duchazo. Ahora bien, por irte puedes irte, otra cosa es dónde y cómo. Siempre me sorprendió comprobar cómo es posible que ciertas personas con menos luces que un sótano podían tomar un vuelo a Vancouver, a El Cairo o con destino Newark con la misma facilidad del que lava mientras yo tenía verdaderas dificultades para ir al día siguiente a Valdemoro. Mira que yo soy de Pradolongo de toda la vida y que lo más lejos que he ido nunca es a Algeciras, pero puedo jurar y prometo sin miedo a decir la verdad que sé cuál es la capital de Surinam, que Dubrovnik es un sitio guay de la Costa Dálmata o que Pontiac, además de ser una marca de coches que solo llegó a España con El Coche Fantástico, es un pueblo de Michigan. Precisamente Usera no es ninguna pradera, es posible, pero tampoco es menos cierto que Detroit ha conocido tiempos mejores. Y ahí, fantaseando de forma torpe e inconclusa, quise cruzar espesos cielos saltando charcos que parecerían océanos para pasar de Guatemala a Guatelpeor cambiando siete hermosas estrellas blancas sobre fondo rojo por algunas más numerosas y pequeñas que se hacen acompañar de unas delgadas barras horizontales.