Que cargaste con mi condena cuando no la merecías.
El amor incondicional que no espera jamás algo a cambio.
Que sabes equivocarte como nadie.
Tú que eres irremplazable aunque me den mil millones de opciones de canje.
Sabia y licenciada en la diplomatura sobre mi vida.
Paciente y eterna, maestra en las leyes que no recogen los libros.
Que no te mueve ni un centímetro la peor tormenta.
La de la sonrisa cuando solo tengo ganas de llorar.
Aquella diva que sacrificó una vida entera para hacer de mí una mejor persona.
A la que debo cantidades ingentes que no podría saldar ni en mil existencias.
Que te inventaste las fuerzas cuando no existían.
Una referencia para seguir creyendo en el amor, en la paz y en la condición humana.
Gracias, madre, gracias por darme luz cuando ahí fuera todo estaba a oscuras.
Gracias por recogerme cuando los demás me tiraron al suelo.
Gracias de nuevo por regalarme tu alma blanca cuando tal vez no merecía más que desdén y soledad.
Gracias infinitas por alejar el espectro de la tristeza cuando estaba a merced de las olas o en el ojo del huracán.
Gracias, madre, gracias por tu perdón y por ese amor que nunca podré contener en mi pecho.
