Aldeacentenera, Cistierna, Cocentaina, Guarromán, Somiedo, Villa Padierna y otros lugares entrañables de la geografía española


Decía el Julián, el algarrobo del pueblo, que por San Blas veríamos a no sé qué ave volar. También decía algo de San Antón, incluso de San Mateo, pero de esos sí que no me acuerdo. Pero así era el Julián, un tipo de campo, con millones de atardeceres, con otros tantos de amaneceres y con no sé cuántos santos que, según se alineasen, auguraban una condición meteorológica o una premonición en las siembras. Siempre estaba rodeado de seres, ya fuesen los chiquillos de la plaza, los jubilados de la peña o las ovejas del Matías. Muchos pensaban que era medio retrasado, pero nadie rehuía su compañía. Con cosas de diablos viejos y nogales solía excusarse ante tantas situaciones, se había convertido, sin lugar a dudas, en un refranero andante con una memoria privilegiada. El Julián iba siempre de uniforme, con su boina pelo de jumento, bufanda a cuadros de longitud indeterminada, mono azul como para ponerse a laburar en cualquier momento y mondadientes a media asta. Esta era una instantánea que realmente venía repitiéndose sin falta desde hacía ya más de 50 años, motivo por el que los lugareños dudaban si el Julián había sido joven alguna vez…