A veces tengo sueño por la tarde. No pasa siempre, solo en ocasiones. La sensación de que pierdes el tiempo es horrible, pero es el único momento en el que te sientes cómodo, ausente, al margen de todo lo conocido. No puedes comprar un billete para visitar ese lugar cuando quieras, pero cuando llega por sorpresa siempre estás preparado para disfrutarlo.
Esto no fue siempre así, durante un corto pasaje de tiempo podía llegar a un pórtico suspendido en el cielo en el que podía reservar pasaje para llegar a ese punto de confort. Nunca tenía que hacer cola, jamás tuve que esperar: llegaba, me daban un plano para perderme y solo me marchaba cuando me echaban. Allí siempre iba de la mano de mamá y ella me dejaba jugar todo el tiempo por aquel increíble recorrido de diversiones, atracciones y recreo. No puedo decir lo que duró ni cuánto tuvo de realidad, solo sé que en ese momento sí pude sentir que era yo, con todo lo oscuro y lo alegre que soy, con mi alma defectuosa, con mis virtudes intactas, con mi desequilibrio, mi talento, mi podredumbre, mi pujanza, mi tristeza y mi valor por partes iguales. Como niño que era nunca pude mentir y eso solo pasó dos veces en mi vida: la primera y la última. Mamá sabía de todo, con ella nunca hubo aburrimiento. Hablaba de cualquier cosa y siempre tenía una respuesta para mis preguntas ya fuesen disparatadas, egoístas o simplemente absurdas. Solo me di cuenta después de las veces que me equivoqué, pero la luz no me dejaba ver el camino.
Ahora esos instantes de sueño vespertino solo pasan muy de tarde en tarde. Además, esos momentos ya no tienen tintes épicos. Resultan carentes de emoción y son ficticios de todo punto. Mamá ya no está y aunque la llamé en repetidas ocasiones jamás volvió. Entonces ahora me siento perdido y alejado de mi realidad, culpable por abandonar mis obligaciones, sintiendo que, efectivamente, nada merece la pena ya.
El jardín onírico de flores multicolores y aromas imposibles se amparaba en un lugar al borde de mi memoria, conocido a ratos, desconocido casi siempre, al sur de mi deriva, a la brisa de mi antojo, al relente de mi obsesión, justo al lado de Úbeda. Quizá.
