Desde su puesto de vigía domina los cuatro puntos cardinales de la ciudad. La ciudad, una pequeña localidad entroncada en el siglo XV con un encanto natural, romántica y afortunadamente al margen del comercio global y de la sofisticación de la que hacen gala las grandes urbes. Hoy sigue siendo uno de los asentamientos más antiguos del planeta, con historia para dar y contar, con aroma a mar por los cuatro costados, con visitantes de todas las partes del mundo que acuden a disfrutar del milagro de la naturaleza en una tierra que goza de la inspiración divina del Creador y que destila sur a borbotones. A diario observa como los bañistas acuden a las playas que rodean el perímetro de la ciudad, alegres, ansiosos por refrescarse ante las altas temperaturas que azotan la comarca sobre todo durante el periodo estival. A menudo se siente tentada de acompañarlos, pero no tendría manera de seguir sus pasos, los pies le pesan siempre demasiado y a duras penas acompasarían una coordinación adecuada para avanzar. A veces se pregunta cómo se sentiría estando sumergida en el agua, aunque aún tenía un vago recuerdo, una pesadilla, sobre qué se podría sentir en esa situación. Pero los demás parecen pasarlo bien, desean repetir por enésima vez y no hay, o al menos eso parece, peligro por estar en remojo durante horas. El sol brilla de una forma especial y nunca molesta por mucho que abrase, es el único que no se deja tapar por las nubes mientras blanquea la luz hasta el extremo transformando el cielo en un lienzo donde las aves trazan pinceladas de inconmensurable belleza. Aquí se escuchan a diario las chanzas, las risas y la algarabía de la gente que vive en paz, que disfruta de una obra de arte hecha ciudad, de la banda sonora de una producción sin guiones que cuenta, sin tapujos, lo que es la felicidad y la alegría de estar en Cádiz.
La Santa Cruz
Desde su puesto de vigía domina los cuatro puntos cardinales de la ciudad. La ciudad, una pequeña localidad entroncada en el siglo XV con un encanto natural, romántica y afortunadamente al margen del comercio global y de la sofisticación de la que hacen gala las grandes urbes. Hoy sigue siendo uno de los asentamientos más antiguos del planeta, con historia para dar y contar, con aroma a mar por los cuatro costados, con visitantes de todas las partes del mundo que acuden a disfrutar del milagro de la naturaleza en una tierra que goza de la inspiración divina del Creador y que destila sur a borbotones. A diario observa como los bañistas acuden a las playas que rodean el perímetro de la ciudad, alegres, ansiosos por refrescarse ante las altas temperaturas que azotan la comarca sobre todo durante el periodo estival. A menudo se siente tentada de acompañarlos, pero no tendría manera de seguir sus pasos, los pies le pesan siempre demasiado y a duras penas acompasarían una coordinación adecuada para avanzar. A veces se pregunta cómo se sentiría estando sumergida en el agua, aunque aún tenía un vago recuerdo, una pesadilla, sobre qué se podría sentir en esa situación. Pero los demás parecen pasarlo bien, desean repetir por enésima vez y no hay, o al menos eso parece, peligro por estar en remojo durante horas. El sol brilla de una forma especial y nunca molesta por mucho que abrase, es el único que no se deja tapar por las nubes mientras blanquea la luz hasta el extremo transformando el cielo en un lienzo donde las aves trazan pinceladas de inconmensurable belleza. Aquí se escuchan a diario las chanzas, las risas y la algarabía de la gente que vive en paz, que disfruta de una obra de arte hecha ciudad, de la banda sonora de una producción sin guiones que cuenta, sin tapujos, lo que es la felicidad y la alegría de estar en Cádiz.
