Cinnamon


No me gustaría sorprenderte, acaso tampoco engancharte en ningún sentido. No soy nada especial y quizás a nadie le puedas hablar de mí. ¿Sabes de esas bonitas historias de amor en las que te disfrazas con la piel del protagonista? No te recordarán a mí. ¿Y esos bellos relatos en los que la amistad prevalece y te lleva de la mano con la fidelidad y la lealtad por bandera? No me hablo con la amistad, de hecho padezco de misantropía, y la mayoría de mis iguales me rechinan profundamente. ¿Y esos pasajes tupidos de recuerdos en los que todo es confortable y con tonos pastel en cada uno de sus matices? Me siento en sillas de esparto y abogo por los tejidos oscuros a la hora de acondicionar mi closet. Puedes tener por seguro que si dices hola yo te diré adiós. Y que me enfadaré profundamente, además seré pesado, obstinado, torpe e incluso infantil. Son mis credenciales. No veo lo que los demás, no voy donde ellos y ni siquiera entiendo las modas. Sé que escribo como nadie, aunque no sea reconocido, pero lo que sí reconozco es que no me gusta leer. No soy transgresor, pero no me gustan las barreras. Estilo la ambigüedad en toda la extensión de la palabra, si está mal hacer algo a vista de los ojos de terceros tendré que analizarlo y escrutarlo por mí mismo para, seguramente, acabar adorándolo. Todo me molesta, incluso tú. Soy taimado, chungo en ocasiones, hosco, me pongo nervioso al hablar y soy siempre peor de lo que se puede esperar. Soy un hombre. Si encuentras algo en mí que te fascine haré todo lo posible para que te parezca lo que viene siendo una mierda. Me duele casi todo. Casi siempre. Vivo en la tristeza. Me encanta recrearme en la desgracia, no por ser realista, se trata más bien de seguir las pautas del auténtico miserable. Miento siempre, puedes creerte menos de la mitad de lo que digo. 

Aun así, me gustaría pedirte que te quedarás aquí. No por nada, no por algo, simplemente porque tal vez ya te cansaste de recopilar cromos repetidos. Te aseguro que este no lo tienes en tu colección.